¿Puedo no enojarme con mi enojo?

¿Puedo no enojarme con mi enojo?

Por Laura Cukierman

Aristóteles escribió hace más de 2400 años la siguiente frase: “Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”.


Muchos recordarán el personaje de Bombita encarnado por Ricardo Darín en la película Relatos Salvajes. Todo parecía conspirar en su contra ese día. La grúa le llevó el auto mientras retiraba la torta para el cumpleaños de su hija y su reclamo sobre lo injusto de este acarreo no fue escuchado “adecuadamente” por el empleado de la playa municipal donde intentó recuperar su vehículo. El resultado esperado era llegar a tiempo a la fiesta, poder agasajar a su hija y cumplir con la promesa que le hizo a su mujer de llevar el pastel. ¿Lo logró? No.
Su reacción “intensa”, que derivó en lanzamiento de computadoras y roturas varias, terminó en una dependencia policial. Final de la historia: no hubo cumpleaños feliz, ni velitas, ni torta ni caras alegres.

Los que vimos la película llegamos a sentir empatía con él ¿Cómo no se iba a enojar? Si no había razón para que le llevaran su auto de un lugar donde aparentemente no había señales que indicaran la prohibición de estacionar; si el empleado en lugar de escucharlo con actitud de servicio se mostró impermeable a sus descargos. ¿Y su mujer? ¿Cómo no se iba a enojar? No era la primera vez que él faltaba a su palabra. ¿Y el empleado de la playa? Pobre, fue una víctima en el reparto de violencia de un loco desencajado. Mirá si cada cliente al que le llevan el auto va a ponerse a tirar computadoras por el aire!!

Revisemos el relato. Las historias contadas, vividas o recordadas están hechas de palabras que decimos sin pensar, o pensamos, o sentimos pero no decimos. Están recubiertas (como la torta) con capas – pero no de crema ni chocolate- sino de emociones que se corporizan en acciones.

Los invito a releer los párrafos anteriores.

Lo que es obvio, lo que se supone que está claramente comunicado, lo injusto, el tener o no razón, las promesas incumplidas, la actitud del otro, y hasta nuestra empatía con las víctimas o con los victimarios.

Hay tantos relatos posibles para contar esta historia como observadores, directos o indirectos de los hechos, la vuelvan a contar.

Y aquí llega lo que no será una moraleja sino una invitación a distinguir en nosotros algo de este personaje de ficción. Nos enoja lo que nos parece injusto, lo que se interpone en nuestro camino, lo que impide que hagamos aquello que estábamos genuinamente comprometidos a hacer. Nos enojan las reglas poco claras, los avisos que no recibimos o no leímos. Nos enoja que las circunstancias conspiren, no una sino muchas veces, en contra de nuestra honesta intención de hacer lo correcto.

Noticia: no podemos cambiar el mundo. Como decía mi maestro “el mundo mundea”. Ni siquiera podemos esperar que nuestro entorno cercano cambie porque lo pidamos “bien” o le deseemos.

Es en este momento donde abro respetuosamente la puerta para hablarles de la Inteligencia Emocional. ¿La conocían? Si, seguramente la escucharon nombrar más de una vez. ¿La utilizan con frecuencia?

Y si no, ¿por dónde empiezo?, ¿cómo logro pasar de la teoría a la práctica, y convertirla en una herramienta que me ayude a hacer posible lo que creía imposible?

La inteligencia emocional es la capacidad de percibir, asimilar, comprender y gestionar mis propias emociones y la de los demás, para poder identificar, distinguir y utilizar la información que recibo y proceso.

Nuestro cerebro es un músculo que se entrena. Todas las acciones arriba enumeradas (y subrayadas) “habitan” en nuestro Neocortex y conviven con nuestros otros 2 cerebros: el Límbico y el Reptílico. Esto lo sostiene la Teoría de los 3 cerebros acuñada por Paul Mc Lean en la década del 50, y discutida hasta el día de hoy. Lo que si sabemos a ciencia cierta, es que no tomamos decisiones sólo con la razón, ni somos seres tan racionales como solía predicar Descartes (el que dijo “Pienso luego Existo”).
Pensamiento, emociones y pasiones. Palabras, sentimientos y acciones.

Seguramente a Bombita lo asaltó su “reptil”, sus “bajas pasiones” y arrasó con todo. ¿Podemos impedir que nos salte la térmica?
Se supone que a esa parte que activa mi reacción “impensada”, no tengo acceso.

Sin embargo, lo que nos hace humanos es nuestra capacidad para reflexionar sobre nosotros, sobre cómo pensamos, sentimos y actuamos.

Desarrollar la inteligencia emocional es un proceso. Comienza cuando reconozco mi capacidad de aprender. Primer paso: identifico qué situaciones suelen enojarme, qué circunstancias provocan o disparan mi furia, qué palabras activan mi ira.

Las emociones no son buenas ni malas, son señales de que algo pasa o está por pasar. Son útiles y necesarias. Me sirven para defenderme de un peligro o para llegar a una meta.

Las emociones no pueden controlarse. Lo que se resiste, persiste y lo que se reprime termina saliendo por algún lado. Lo que si podemos es aprender a gestionarlas, entrenando nuestras emociones para que jueguen a nuestro favor, y para que sean socias estratégicas en nuestras vidas.

Fernando Flores, chileno, maestro de coaches, decía “La palabra es la poesía del mundoComencemos por cambiar nuestras palabras y cambiaremos nuestro mundo.
A los “nunca” y a los “siempre”, reemplacémoslos por “a veces”.
Al “todo o nada”, por un “puede ser”.
Al “tendrías que” reemplacémoslo por “te pido que….”.
A la idea de que “esto es injusto” contrapongamos el pensamiento de “yo no acuerdo con esto que pasa por….”.

Elijamos un dominio de nuestras vidas donde queremos y podemos entrenarnos: cuando conducimos, en las reuniones con mi jefe o con un empleado, en la charla con esa persona que me irrita, o en los momentos en lo que quiero resolver un problema y me enoja no poder lograrlo.

Vayamos paso a paso, día a día, con paciencia y mucha amorosidad para con nosotros mismos. Elijamos un punto de llegada y fijemos metas intermedias, cortas, concretas. Aplaudamos nuestros avances. Seamos los Gerentes de nuestras emociones

Autora: Laura Cukierman, Directora en Gerenciate
www.gerenciate.com.ar
https://www.linkedin.com/in/lauracukierman

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