Por la Dra. Vanina Botta
En el año 2000 el premio Nobel de Medicina Eric Kandel afirmo: “El siglo XXI será el siglo del cerebro”. Y tal es así que la investigación neurobiológica ha avanzado tanto, al punto en que “hemos aprendido más sobre el cerebro en los últimos quince años que en toda la historia humana” (Kaku, Michio, Op. cit., 2014. p. 23.)
Desde hace algunos años varias investigaciones nos muestran de qué manera los diferentes elementos del cerebro interactúan, originan y condicionan la conducta y la emoción humana, esto es imprescindible para un sistema jurídico que deberá pensar en qué medida los avances de las neurociencias serán tenidos en cuenta por el derecho.
La interesante vinculación de todas las investigaciones de neurociencias con el derecho ayudará a repensar conceptos como la toma de decisiones, los sistemas de memorias, los comportamientos, el libre albedrio, la imputabilidad, el discernimiento, la intención, la voluntad y la libertad, entre otras cuestiones.
Resulta más claro hoy, que el cerebro humano con un peso de 1100 a 1200 gramos y con un total de más de 100 mil millones de neuronas las cuales generan impulsos eléctricos para comunicarse entre sí. Es el órgano más importante y relevante para realizar todas nuestras tareas.
Evolutivamente podemos distinguir en él varias regiones, adquiriendo últimamente mayor popularidad el sistema límbico o cerebro límbico (un sistema filogenéticamente antiguo que se relaciona con la formación de la memoria, el control de las emociones, las motivaciones, diversos aspectos de la conducta, la iniciativa, la supervivencia del individuo y el aprendizaje).
Una estructura asombrosa de éste cerebro límbico que está asociada a las memorias emocionales, al miedo y a emociones similares es la amígdala cerebral que se encarga del reconocimiento y de la respuesta rápida ante estímulos amenazantes o peligrosos.
En los últimos 20 años va quedando claro el rol que ejercen las emociones en la toma de decisiones, es decir, la emoción cumple un papel crucial en la toma de decisiones, sobre todo decisiones rápidas.
Actualmente la velocidad de los eventos que nos suceden hacen que no haya espacio ni tiempo para racionalizar los pros y los contras de cada decisión y es, en esos momentos, en que se requiere una respuesta más inmediata y donde las emociones toman una mayor relevancia. A diferencia de las decisiones que pueden disponer de más tiempo para su toma, en este tipo de decisiones toma relevancia otra región del cerebro, la llamada corteza pre frontal (es la adquisición filogenética más reciente, es considerada la parte que nos hace humanos)
La capacidad de decidir está, sobre todo, en la corteza cerebral: la corteza prefrontal, más específicamente en su porción orbitofrontal y ventromedial, es reconocida como una región clave para la toma de decisiones.
La corteza pre frontal recibe información de muchas regiones del cerebro, y a su vez influye en muchas otras regiones que son parte de la toma de una decisión.
En esta zona del cerebro se encuentran las funciones ejecutivas, ellas, son habilidades cognitivas propias de la corteza prefrontal, que permiten establecer metas, diseñar planes, seguir secuencias, seleccionar las conductas apropiadas e iniciar las actividades; así como también autorregular el comportamiento, monitorizar las tareas, seleccionar los comportamientos, frenar e inhibir impulsos.
Los descubrimientos sobre el cerebro echan cierta lucidez sobre que regiones son las encargadas de nuestras emociones, de valorar y controlar e inhibir nuestras conductas, así como de comprender las diferentes disfunciones o patologías y otras temáticas cruciales para el derecho (libre albedrio, razonamiento moral, violencia,
decisiones, etc). Sin embargo, no se debe caer en un reduccionismo ni en cuestiones simplistas que no tengan en cuenta la dimensión biológica, social, psicológica y ambiental del ser humano.
La sociedad busca desde hace muchos años regular y eliminar el uso de la violencia a través de diversas estrategias; parece que ninguna ha servido, de hecho, parece que va en aumento, que hemos fracasado en este intento. Jean Paul Sartre dijo “La violencia, sea cual sea la forma en que se manifieste, es un fracaso para la sociedad”
Que nuestro mundo se ha vuelto más violento, menos igualitario y más competitivo no es ninguna nueva noticia. Ya no se trata de una serie o una película, basta con salir por las calles, entrar a instituciones diversas y ver con nuestros propios ojos. Las cifras son inmensas, éstos números inmensos han generado interés por descubrir qué factores de riesgo se encuentran relacionados con su aparición.
Este cerebro humano descripto resumidamente aquí, está preparado y tiene como objetivo la supervivencia y parte del repertorio con el que contamos para sobrevivir es la agresividad. La agresión, entonces es una conducta natural de gran valor adaptativo ya que permite que los individuos se protejan a sí mismos y a los suyos de intrusos que representen amenazas.
Pero la integridad de una persona está condicionada no solamente por cuestiones cerebrales y biológicas, sino también por los genes y el medio ambiente. Factores como la crianza, la educación, lo cultural y el entorno social orquestan y van modulando casi siempre esas bases agresivas. Pero aquí existe un factor emocional a tener presente y es la falta de tolerar y resistir a la frustración, sumada a la ausencia de control de los impulsos, a la deficiencia de esos frenos inhibitorios que se encuentran en la corteza prefrontal.
Las investigaciones y los avances tecnológicos nos permiten explicar que las regiones más nuevas de nuestro cerebro, como la corteza prefrontal (donde se encuentran funciones para la regulación de la conducta y las emociones) son las que tardan más milisegundos (500 milisegundos) en intervenir y que es el sistema límbico (emocional) es quien responde primero ante las situaciones y muchas veces responde con agresividad, ira y miedo.
Cuando leo que “nuestro cerebro crea el mundo donde vivimos”, este mundo que está tan mal, tan violento, tan enojado; me pregunto en qué estamos fracasando, que está fallando en el cerebro y cómo podríamos hacer para mejorar. No podemos cambiar la biología. Pero sí podemos a los 500 milisegundos que tarde el cerebro racional intervenir, usar la conciencia y ejercer el libre albedrío; entrenar esta corteza prefrontal (la parte del cerebro que nos hace humanos/as), para inhibir conductas automáticas y agresivas y optimizar el auto-control. Aquí la educación es una poderosa herramienta.
Sin embargo, para no incurrir en un reduccionismo biológico ni neurocientifico y como no solo somos genes y biología, sino que estamos atravesados/as por lo social, lo cultural, lo histórico, lo político; también es prioridad modificar ambientes de riesgo (que son generadores de violencia), ambientes con pobreza, machismo, desigualdad, falta de acceso a la salud y la falta de una educación integral de alto nivel. Este, es otro gran reto para la sociedad.
Dra Vanina Botta
Médica (MP2536)
Especialista en Psiquiatría
Especialista en Salud mental y psiquiatría comunitaria
Especialista en psicopatología forense
Especialista en medicina legal
Medica forense circunscripción judicial Puerto Madryn


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