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El hecho del paciente como eximente de la Responsabilidad Civil del médico

Por el Dr. Alberto A. Alvarellos

El art. 1729 del Código Civil y Comercial de la Nación (CCyCN)  dispone que “la responsabilidad puede ser excluida o limitada  por la incidencia del hecho del damnificado en la producción del daño”. 

El ya no tan nuevo Código ha reemplazado la expresión culpa de la víctima que contenía el viejo Código Civil como eximente de responsabilidad, reemplazándola por la que hemos citado. Es una decisión acertada que ha tenido en cuenta las críticas que se habían pronunciado sobre la disposición anterior por cuanto la culpa, que es obrar con negligencia, impericia o imprudencia, requiere que la víctima obre con discernimiento, intención y libertad, que se trate de una persona capaz. En cambio, con el nuevo texto basta que pueda sostenerse que un hecho dañoso ha ocurrido con cierta participación del damnificado para que el mismo  pueda invocarse como eximente de responsabilidad ya sea de un modo total o parcial.

El hecho del damnificado juega un rol fundamental en la configuración de la responsabilidad civil para la que se requiere la concurrencia de cuatro elementos: un hecho antijurídico, el nexo causal entre él y el daño y un factor de atribución de responsabilidad (dolo, culpa, riesgo creado, etc.), por cuanto incide en el nexo causal. 

En el ámbito de la responsabilidad civil de los médicos, ante un eventual reclamo indemnizatorio, reviste fundamental importancia la posibilidad de acreditar la concurrencia del hecho del damnificado, del hecho del paciente. 

Con carácter previo es preciso recordar que, jurídicamente, el vínculo médico-paciente es un contrato que, como tal, impone obligaciones tanto al profesional como al enfermo. Por supuesto que el mayor cúmulo obligacional recae sobre el galeno por cuanto a su cargo se encuentra la prestación del objeto del contrato. Pero ello no impide que pesen sobre el paciente dos obligaciones cuya inobservancia o incumplimiento comportan la figura del hecho del paciente como eximente de responsabilidad.

Nos referimos, en primer lugar, al deber de cumplir con las indicaciones médicas y, en forma conjunta, de conducirse con veracidad en torno a sus antecedentes y a la evolución del tratamiento. Este deber se relaciona con una obligación genérica de buena fe que rige en todo el ámbito contractual, tal como lo dispone el art. 961, CCyCN, que establece que “los contratos deben celebrarse, interpretarse y ejecutarse de buena fe”. 

Obrar con buena fe, en la relación médico paciente, impone a éste dar al médico el relato lo más preciso posible de sus antecedentes, hábitos y síntomas. Y, una vez establecido el tratamiento, el cumplimiento del mismo de conformidad con las pautas indicadas por el médico, tomando los medicamentos indicados y cambiando costumbres que hubieran sido calificadas  como nocivas, por ejemplo, también será un deber del paciente, al igual que el relato veraz al profesional de la evolución de la dolencia que motivó la consulta de modo que pueda ir realizando los ajustes correspondiente.

Otra importante obligación que pesa sobre el paciente es la de no abandonar el tratamiento. En tal sentido, se ha dicho: “El derecho de la paciente de consultar a otro profesional –en el caso, su médico de cabecera- y de abandonar el tratamiento prescripto,  no puede ir en desmedro de los accionados. Tal facultad excluye la responsabilidad de los profesionales que inicialmente la intervinieron, desde que no contaron con la posibilidad de controlar la evolución de la patología y del tratamiento acordado” (CNCiv., Sala B, 03.06.14, “L. C. J. y Otros C/ M. J.”, elDial.com AA87EB).

Como vemos, se trata de obligaciones de colaboración impuestas al paciente en el marco de esta relación. Es que el médico, en el contexto de su relación profesional, cuenta –en verdad da por descontado- con  que el enfermo habrá de seguir las prescripciones que le hubiera dado y que regresará a la próxima consulta a fin de controlar la evolución del caso. Mariano Alonso Pérez, catedrático de la Universidad de Salamanca, en un artículo sobre la relación médico- enfermo decía que la tradición hipocrática transmitió reglas que conformaron la lex artis y, entre dichas reglas dice que “el médico debe estar preparado no sólo  para hacer lo correcto él mismo, sino para la colaboración del enfermo, los que le asisten y  las circunstancias externas”. La colaboración del paciente, según el autor español, es, entonces, un paso esencial en el camino hacia la obtención del resultado esperado.

Ahora bien, el cumplimiento por parte del paciente tiene un límite marcado por la razonabilidad. 

En cuanto al cumplimiento de las prescripciones dadas por el médico, el paciente no estará obligado a seguir dichas indicaciones si la medicación indicada produce efectos nocivos respecto de los cuales ni siquiera fue advertido o comprueba  que,  luego de su observancia, lejos de mejorar, su cuadro empeora.  

Lo mismo ocurre con la realización de  consultas a otro profesional o a otro servicio médico. En este caso tampoco se podrá invocar el hecho del paciente, como eximente de responsabilidad, si tal decisión fue tomada debido a la mala evolución de la situación del enfermo.

En tal sentido, la jurisprudencia ha declarado:  “En el caso no existió un abandono del tratamiento por parte de la paciente. La regla básica es que el enfermo que interrumpe un tratamiento y se confía a otro profesional exime de responsabilidad a quienes inicialmente lo trataron y de ningún modo pudieron controlar o influir sobre las consecuencias sobrevinientes de su mal. Ésta no se aplica cuando hay una causa que justifique el abandono. Naturalmente, si la paciente ve que el tratamiento la conduce a agravar su estado de salud, o bien ha perdido la confianza puede abandonarlo” (CNCiv., Sala H. 12.11.19, “C., D.M. c/ T., G.D.”, elDial.com AAB96E).

Finalmente, incorporamos otra eximente de responsabilidad relacionada con el paciente aunque no se trate estrictamente de un hecho del enfermo en cuanto a una acción de éste. Nos referimos a las reacciones orgánicas de su organismo frente al tratamiento indicado o el procedimiento galénico realizado. Puede ocurrir, en efecto, que un tratamiento, correctamente indicado, pueda fracasar por la propia idiosincrasia del enfermo, su estado o resistencia o por factores a veces imprevisibles en cuanto a sus resultados. La jurisprudencia declaró sobre el punto: “Los imponderables propios de la idiosincrasia del paciente no están a cargo del médico, pues la responsabilidad subjetiva en la que debe probarse la culpa -ni siquiera presumida con inversión de la carga de la prueba- requiere algo más. La culpa de los profesionales comienza donde acaban las discusiones médicas” (CNCiv., Sala F, 13.03.2000, “Santa Coloma, Ma. Teresa c/ Aráoz Jorge”, elDial.com AE155C).

Desde luego que esta eximente, tal como sucede con las otras dos antes mencionadas, sólo podría  invocarse en tanto y en cuanto, como dijimos, el tratamiento haya sido correcta y debidamente indicado y ejecutado por los prestadores galénicos

Dr. Alberto A. Alvarellos
Titular de Alvarellos & Asociados- Abogados

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